Una patada en el trasero

En una cantina ubicada en un pueblito trabajaba un señor como portero. Su trabajo era checar a las personas que entraban y salían. Hasta que un día, el dueño de la cantina le dijo:

-Escucha, necesito que me elabores una relación con los nombres de las personas que entran y salen.

A lo que el señor respondió:

-Lo siento es que no se leer ni escribir, soy analfabeto.

-Perdóneme, pero no quiero tener gente incompetente, tendrá que irse.

El señor, desesperado se fue a casa donde pasó días pensando qué hacer, hasta que se le vino a la mente la idea de reparar sillas, pues eso era parte de su trabajo y decidió irse al pueblo vecino a comprar lo que necesitaba. Se tardó cuatro días en mula de ida y vuelta, compró un martillo y varios clavos y regresó al pueblito.

Al llegar, un vecino le preguntó:

-Oiga, quisiera ver si pudiera prestarme su martillo, es que lo necesito y no tengo tiempo de ir a comprarlo.

A lo que el señor dijo que sí, pero que no se tardara porque lo necesitaba. Al día siguiente, el vecino le dijo:

-Mire necesito el martillo, así que se lo compraré. También necesitaré más cosas, que tal si me las compra y, además, le daré un pequeño monto por los viaje en mula.

El señor aceptó con gusto y se dispuso a iniciar el viaje. Estando allá, compró todo lo que le pidieron y se arriesgó a comprar un poco más.

Al regresar, muchas personas le iban pidiendo cosas y él las compraba. Hasta que se compró un pequeño lote y una estantería donde ponía lo que compraba. Así fue ganando un poco más e hizo un contrato con el herrero del pueblo para que le hiciera los clavos y las herramientas que necesitaba. Poco a poco, se fue haciendo cada vez más rico hasta construir una fábrica y contratar a gente del pueblo desempleada. Usó una parte de su dinero para apoyar la educación de los niños abriendo varias escuelas primarias y otra parte para comercializar con pueblos vecinos e, incluso, con otros estados.

En una ocasión recibió un reconocimiento del presidente municipal y le entregó las llaves de la ciudad. Una vez allí le preguntó:

-¿Me haría el favor de poner su nombre y firma aquí?

-Lo siento, yo no sé leer ni escribir- respondió el señor.

-¿Cómo, ¿construyó un imperio siendo analfabeto? Me gustaría saber que habría sido de usted si supiera leer y escribir.

A lo que respondió tranquilamente:

-Todavía seguiría siendo el portero de la cantina.

“Si alguna vez te sientes desesperado(a) y no sabes qué hacer, ¡ábrete a nuevos caminos y oportunidades y lograrás salir del embrollo!

RECUERDA: Una patada en el trasero, siempre indica un paso adelante.

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