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Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal; está en nuestras lágrimas y en el mar

Khalil Gilbran

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Alma salsera

Otra prueba de que nada es imposible y de que no hay que dejarse morir por los obstáculos que nos pone la vida.



La mejor vivencia

Y fue ese día cuando decidí rendirme. Quise frenarme un día en mis 92 años de vida.

Cada cosa que mis manos palpaban, las grababa en mi mente, en el poco espacio que me quedaba, ya que esa vez seguramente sería la ultima.

Ese día, en vez de recostarme en mi no tan cómoda cama, con mi almohada inflable, decidí ver esas hermosas cosas que siempre llevé por delante.

Y entonces me senté en un banco, con pocas monedas, de las cuales me quedé con menos de la mitad, porque se la fui entregando a las pobres personas que rogaban por una miga de pan. Ya sentado en el blanco sillón de la plaza, presté atención al sonido de los hermosos pájaros que cantaban su propia melodía. Sobrevolaban las nubes y sus alas se llevaban por delante el obstáculo que cualquiera pudiera darles. Al escuchar sus picoteos, pude sentirme tan libre y feliz como ellos al volar sobre paisajes brillantes, llenos de luz, de sol.

Y también quise escuchar el sonido del viento que retumbaba en mi mente como un silbido de pasión. Eran las brisas cálidas que pasaban por sobre mis narices arrastrando vida y alma por todo el parque.

Y cuando callé mi voz interna, para poder escuchar el movimiento de las hojas retumbando en puro otoño, pude darme cuenta de que había desperdiciado la mayor parte de mis años. Supe que mis años fueron pasando, yo envejecía, creía ser un sabio, cuando en realidad nunca antes me había puesto a oler una flor.

Todo lo dejaba pasar. Jamás había parado un instante un momento para pensar qué quería hacer de mi vida. Y unos minutos más tarde, al abrir mis ojos y ver a las demás personas intentando mi misma vida, corriendo en círculos, caminando sin un lugar de llegada ni de salida, comencé a llorar.

Lloraba por todo lo que no había llorado 92 años atrás, cuando aún podría haber cambiado las cosas. No lloraba por desgracias. Lloré porque necesitaba hacerlo, al escuchar los pájaros cantando la misma canción de todos los días, sólo que entonando mejor que nunca. Lloré porque al escuchar la fuerza del viento pude escuchar la fuerza de mi corazón.

Ahora, a punto de cerrar los ojos para siempre, siento que la mejor vivencia de mi vida, en 92 años, fue en la plaza que está frente a casa, cuando por primera vez me senté en un banco, cerré los ojos y sentí.

 


 

Santos del día

Juan Damasceno (pbro dr), Juan Calabria (relg), Teófanes (mr), Osmundo (ob), Anón (ob), Bernardo (card), Melecio (ob), Adrenilda (ab), Bárbara (vg mr), Ada (vg), Bertoaria (mja), Iza. Beato: Francisco Gálvez (pbro mr)

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