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Si tan sólo...

No llenemos las cabecitas y los corazones de nuestros niños con expresiones lastimosas e hirientes cuando cometan errores. Aprendamos a tenerles paciencia y a ser concientes de que sus primeros años de vida son como esponjas, lo mismo absorben lo bueno que lo malo. Cuando nuestros pequeños cometan travesuras, quiebren un perfume, rayen una pared, tiren el vaso de leche sobre el mantel, o simplemente dejen su habitación en pleno desorden, respiremos profundamente antes de emitir cualquier palabra o sentimiento de enojo. Entonces ya estaremos dando el primer paso para aprender a tenerles paciencia.



Yo pagaré sus deudas...


"Vengan trayendo sus facturas pendientes a la una del medio día y se las pagaré".

Así decía el rótulo con grandes letras blancas puesto en una calle de cierta ciudad inglesa.

"Exactamente lo que tú necesitas", musitó Tomás a Juan, su compañero de trabajo, cuando ambos se pararon delante del letrero. "¡Tantas veces me has dicho que estabas apurado respecto a la cuenta del doctor y algunas otras!". Tomás leyó en voz alta: "Acudan al número 137 de la calle Mayor, el próximo sábado, a la una de la tarde, trayendo sus facturas pendientes y les serán pagadas". Juan exclamó riéndose: " De seguro que no lo crees, debe ser una trampa o una broma". Juan suspiró: "¡Ojalá fuera verdad! Pero demasiado bueno para serlo".

Sin embargo, miraba cada día el letrero al salir de la fábrica... ¡tenía tantas deudas! El sábado tomó una determinación. No esperaría a Tomás cuando sonara la sirena, sino que iría directamente a la dirección del letrero. Esperaba encontrar una multitud, pero... ¡no había nadie! Llamó tímidamente, se abrió la puerta y un hombre de cabellos grises le invitó a entrar.
"¿Es verdad que usted pagará mis deudas?".
"Sí", fue la amigable respuesta, "muéstreme las facturas y le daré el dinero".

Entró en un despacho donde había otras tres personas sentadas. Todos esperaban que diera la una.
El anciano sonrió tristemente y dijo: "¡Solamente cuatro personas! Supongo debe haber otras en esta ciudad que tienen deudas, pero no han querido creer el anuncio. Ahora han perdido la oportunidad. Antes de que ustedes se vayan", continuó, "quisiera que oyeran mi historia. Hace ya algún tiempo yo supe del amor de Dios, quien envió a su hijo Jesucristo a pagar las deudas del pecado que tenemos con nuestro Hacedor. Si él no hubiera venido, todos seríamos condenados, porque no podemos de ningún modo pagar a Dios por las muchas faltas y pecados que hemos cometido durante nuestra vida .
Cuando yo creí las promesas de la Palabra de Dios, aceptando el don de la vida eterna, me sentía tan feliz que quería decirlo a todo el mundo, pero muy pocos querían escucharme, por eso puse este letrero, y ya lo ven, solamente cuatro han acudido, los demás no lo han creído... Ahora les pido que vayan y digan a sus compañeros cómo yo pagué sus deudas, y no olviden explicarles también que Jesucristo vivió, murió y resucitó para pagar la deuda de sus pecados con Dios. Ojalá que esta experiencia que ustedes han tenido les ayude y también a otros, a creer el anuncio divino de Salvación".

Dio a cada uno el dinero que necesitaban y abrió la puerta. Un pequeño grupo estaba esperando afuera. "¿De verdad les pagó sus deudas?", preguntaron.

Cuando los cuatro mostraron el dinero, dijeron todo: "¡Ahora entraremos nosotros!".
Pero el anciano apareció en el dintel y sacudiendo la cabeza, dijo: "Es demasiado tarde, recuerden lo que decía el anuncio", y cerró la puerta.

"¡Si yo hubiera creído el anuncio!", dijo Tomás, cuando su compañero le contó, "el caso es que fui un tonto de remate". Juan le refirió también lo que el anciano les había dicho acerca de la deuda con Dios, que Jesús ofrece pagarnos si le aceptamos como nuestro Salvador. "Por lo menos no hay que llegar tarde para ésta", exclamó Tomás pensativo.

La Palabra de Dios nos dice: "La paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro".

¿No quieres recibirla antes de que sea demasiado tarde?


 

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