El Salmo del Buen Pastor

En una ocasión se celebraba una reunión de personas distinguidas. Entre ellas estaba una artista muy conocida. Se le ocurrió a alguien pedirle a la artista que recitase para el grupo. Ella accedió. Se levantó y empezó a recitar el Salmo 23. Su voz dulce y melodiosa, su clara dicción y la corrección de sus gestos, le valieron, al terminar, un cálido aplauso de los que la escuchaban.

Se encontraba allí también un hombre muy querido y respetado de todos. Los que le conocían sabían de sus grandes pruebas. Hacía poco había perdido a su esposa y luego a su hija, pero siempre se le veía sonreír.

Se le ocurrió a alguien pedirle que recitara. El acepto y anunció que también recitaría el Salmo 23. De inmediato todos pensaron en su fracaso.

¿Cómo se atrevía él a hacerlo, después que la artista lo había hecho? Pero él lo hizo. Y había tanta ternura en sus palabras, tal emoción en su entonación que, al terminar, ninguno de los presentes se atrevió a aplaudir.

Sin embargo, por los ojos de todos corrían lagrimas. Nadie osaba romper aquel silencio, pero la artista se levantó y dijo: “Entre los dos hay una gran diferencia. Yo sólo conozco la letra del Salmo 23, el Salmo del Buen Pastor, pero usted, amigo mío, tiene amistad con el Buen Pastor.

Agradezco a Dios la oportunidad de encontrar personas que aún hoy día se preocupan por esparcir semillas de paz. Que Dios los bendiga.
 

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